14 de abril de 2009

Preferir ser despreciados con tal de ser útiles a Dios

Es sorprendente como el fenómeno actual de predicadores que se sienten entes indispensables y casi autores de la salvación de multitudes, no es reciente, sino que ha permanecido a lo largo de la historia. Este sermón de Spurgeon nos deja entrever el peligro de todo esto y la necesidad de hombres y mujeres dispuestos a agradar a Dios, no a los hombres.

“Algunos dirán: el ministro que predica, es quien convierte a los hombres. ¡Ah!, esa es una idea grandiosa, ciertamente. Nadie sino un insensato podría pensar eso. Conocí a un hombre hace algún tiempo, que me aseguró que conocía a un ministro que tenía una gran cantidad de poder de conversión en él. Hablando de un gran evangelista de los Estados Unidos, comentó: “ese hombre, señor, tiene la mayor cantidad de poder de conversión que yo haya conocido en hombre alguno; el señor Fulano de Tal en una aldea vecina a Londres le sigue en poder.” En aquel momento, este poder de conversión estaba siendo manifestado; doscientas personas fueron convertidas por el evangelista que ocupaba el segundo lugar, y se unieron a la membrecía de la iglesia en unos pocos meses. Yo fui a ese lugar un poco después (fue en Inglaterra), y pregunté:,”¿cómo van tus convertidos?” “Bien,” respondió, “no puedo comentar mucho acerca de ellos.” “¿Cuántos de esos doscientos individuos que recibiste hace un año permanecen firmes?” “Bien,” respondió, “me temo que no muchos; hemos echado ya a setenta de ellos por borrachos.” “Sí,” repliqué, “eso pensé: ese es el final del grandioso experimento del poder de conversión.” Si yo pudiera convertirlos a todos ustedes, cualquiera podría revertir el proceso de su conversión; lo que un hombre puede hacer, otro lo puede deshacer; sólo permanece lo hecho por Dios.

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Teologia e Historia

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